18/08/2013
El alfajor es más que una simple golosina o un postre; es un símbolo cultural, especialmente en Argentina y otros países de América del Sur. Su presencia en meriendas, kioscos y celebraciones lo convierte en un compañero constante en la vida cotidiana. Pero detrás de esa familiaridad, se esconde una historia rica y un viaje milenario que muy pocos conocen. Lejos de ser un invento puramente local, el alfajor tiene raíces profundas y sorprendentes que se extienden a través de continentes y siglos, conectando culturas y legados gastronómicos de maneras inesperadas.

Para comprender verdaderamente al alfajor, debemos empezar por su nombre. La palabra "alfajor" no nació en tierras americanas, ni siquiera en España tal como la conocemos hoy. Su origen etimológico nos transporta a la península ibérica durante un período crucial de su historia. La palabra proviene directamente del vocablo hispano-árabe “al-hasú”. Este término, cargado de historia, tiene un significado muy concreto y descriptivo: se traduce como “el relleno”. Esta simple definición ya nos da una pista fundamental sobre la naturaleza original de este dulce: un postre definido por lo que lleva dentro, por esa capa generosa y dulce que une sus partes.
Este origen lingüístico nos señala directamente hacia la cuna geográfica y temporal del alfajor: Al Ándalus. Este fue el nombre dado al territorio de la península ibérica que estuvo bajo dominio musulmán durante un largo periodo, aproximadamente entre los años 711 y 1492. Durante estos siglos, la cultura árabe floreció en España, dejando una huella indeleble en diversos aspectos de la vida, incluyendo, de manera muy significativa, la gastronomía. Los árabes eran maestros en el uso de frutos secos, miel y especias para crear dulces elaborados y energéticos, y el concepto de un dulce con un relleno sustancioso encaja perfectamente con esta tradición culinaria.
Se cree que las primeras versiones de lo que eventualmente se convertiría en el alfajor surgieron precisamente en este contexto de Al Ándalus. Los habitantes de la región, bajo influencia árabe, adoptaron y adaptaron estas recetas. De hecho, las primeras recetas registradas de un dulce similar al alfajor provienen de un postre tradicional andaluz que llevaba el nombre de Al-Hasú, confirmando así la conexión directa con el significado de su nombre. Los andaluces, herederos de este legado árabe tras la Reconquista, continuaron produciendo y perfeccionando este dulce, manteniéndolo vivo a través de los siglos.
La llegada del alfajor al continente americano es una historia ligada estrechamente a la época colonial española. Durante los siglos de la colonización, el intercambio cultural y comercial entre España y sus nuevas posesiones en América fue constante. Dada la popularidad que el alfajor andaluz había alcanzado en España, especialmente en regiones como Andalucía, era natural que este dulce viajara en los barcos que cruzaban el Atlántico. Los buques españoles, repletos de provisiones y mercancías, a menudo incluían grandes cantidades de estos alfajores. Eran un alimento práctico, delicioso y duradero, ideal para los largos viajes marítimos y para ser llevado a las nuevas tierras.
Así, el alfajor desembarcó en América, adaptándose con el tiempo a los ingredientes y gustos locales. Se extendió por diversas regiones, ganando particular arraigo en el Río de la Plata, que hoy abarca partes de Argentina y Uruguay. Los registros históricos nos permiten rastrear su presencia en estas tierras. El primer registro documentado de un alfajor en la región del Río de la Plata data del año 1770. Esto demuestra que el dulce ya era conocido y consumido en la zona más de medio siglo antes de la declaración de independencia argentina. Posteriormente, en 1844, aparece la primera imagen registrada de un alfajor en Argentina, lo que indica su creciente presencia y reconocimiento visual en la cultura local.
Sin embargo, la historia del alfajor tal como lo conocemos en Argentina no estaría completa sin mencionar a dos figuras clave que marcaron un antes y un después en su evolución y difusión. Sus contribuciones transformaron un dulce tradicional en el ícono nacional que es hoy. Hablamos de Augusto Chammas y Hermenegildo Zuviría.

Augusto Chammas fue un químico de origen francés que llegó a Argentina. Su innovación, ocurrida en 1869 en la provincia de Córdoba, fue fundamental para definir la forma moderna del alfajor. Hasta entonces, las versiones del dulce podían variar en tamaño y presentación. Chammas tuvo la idea de darle al alfajor su característica forma redonda, la que predomina en la mayoría de las variedades actuales. La anécdota cuenta que, de forma ingeniosa, utilizó un simple vaso, dándolo vuelta y marcando la masa con su borde para obtener discos perfectos. Esta forma redonda, práctica y estéticamente agradable, se convirtió en un estándar, especialmente para los alfajores cordobeses, que son famosos por su gran tamaño y abundante relleno.
Casi dos décadas antes, en 1851, en la provincia de Santa Fe, otro personaje crucial sentó las bases de la industria del alfajor en Argentina. Se trataba de Hermenegildo Zuviría, más conocido popularmente por su apodo: ‘Merengo’. Zuviría fue el visionario fundador de la primera marca de alfajores en Argentina, que llevó su propio sobrenombre: Merengo. La historia de su fábrica está entrelazada con un momento fundacional de la nación argentina. Se cuenta que Zuviría producía sus alfajores en la planta baja de su establecimiento, mientras que en el primer piso se reunían los constituyentes que estaban redactando la Constitución Nacional de 1853, el documento fundamental que sentó las bases de la organización del país.
Estas tertulias constituyentes no solo estaban forjando el futuro político de Argentina, sino que, de manera inesperada, también jugaron un papel crucial en la difusión del alfajor. Los constituyentes, al finalizar sus importantes reuniones, llevaban consigo cajas de los famosos alfajores de ‘Merengo’ al regresar a sus respectivas provincias. De esta manera, los alfajores de Zuviría se convirtieron en una suerte de souvenir patrio, un regalo representativo de Santa Fe y, por extensión, de este momento histórico y del país en formación. Esta práctica de viajar y llevar alfajores como obsequio se arraigó profundamente en la cultura argentina, convirtiéndose en una tradición que perdura hasta el día de hoy, donde es común que un argentino que visita otra provincia o regresa de un viaje traiga alfajores para compartir con su familia y amigos. La marca Merengo, con su rica historia y conexión con la Constitución, sigue siendo un referente tradicional.
El alfajor, por lo tanto, es un fascinante ejemplo de cómo un dulce puede viajar a través del tiempo y el espacio, adaptándose y evolucionando en cada parada de su recorrido. Desde su significado original como “el relleno” en el árabe de Al Ándalus, pasando por su popularidad en la España medieval y colonial, su llegada a las costas americanas en los barcos transatlánticos, hasta su transformación en un símbolo nacional argentino gracias a las innovaciones de Chammas y el espíritu emprendedor y la difusión de Zuviría, cada etapa ha añadido una capa (o quizás, un disco de masa) a su rica historia.
Hoy en día, aunque existen innumerables variedades y marcas, la esencia del alfajor permanece: dos tapas (generalmente de masa blanda, a veces más firme o de maicena) unidas por un generoso relleno, comúnmente dulce de leche en Argentina, aunque también pueden ser mermeladas, chocolates u otras cremas. La cobertura puede variar desde chocolate negro o blanco hasta un simple espolvoreado de azúcar impalpable o coco rallado. Esta diversidad es un testimonio de su capacidad para reinventarse sin perder su identidad fundamental, esa que le viene dada por su nombre ancestral: el relleno.
La próxima vez que disfrutes de un alfajor, tómate un momento para apreciar la increíble travesía que este pequeño dulce ha realizado a lo largo de los siglos. Es un bocado de historia, un recordatorio de la conexión entre culturas lejanas y un legado que sigue endulzando la vida de millones de personas.
Preguntas Frecuentes sobre el Alfajor
A continuación, respondemos algunas de las preguntas más comunes sobre este delicioso dulce:
¿Qué significa la palabra “alfajor”?
La palabra "alfajor" proviene del vocablo hispano-árabe “al-hasú”, que se traduce al español como “el relleno”. Este nombre describe la característica principal del dulce original.

¿Cuál es el origen geográfico e histórico del alfajor?
El alfajor tiene su origen en Al Ándalus, la península ibérica bajo dominio musulmán (711-1492). Deriva de un postre andaluz influenciado por la gastronomía árabe.
¿Cuándo llegó el alfajor a América?
El alfajor llegó a América durante la época colonial española. Era transportado en los buques que viajaban desde España, dada su popularidad en la península.
¿Cuál fue el primer registro del alfajor en el Río de la Plata?
El primer registro documentado de la presencia de alfajores en la región del Río de la Plata data del año 1770.
¿Quién inventó la forma redonda del alfajor?
La forma redonda del alfajor, tal como la conocemos hoy, se atribuye al químico francés Augusto Chammas, quien la ideó en Córdoba, Argentina, en 1869.
¿Quién fundó la primera marca de alfajores en Argentina?
La primera marca de alfajores en Argentina fue fundada en 1851 en Santa Fe por Hermenegildo Zuviría, conocido como ‘Merengo’, y la marca llevó su apodo: Merengo.
¿Cómo se difundió el alfajor por Argentina?
La difusión inicial del alfajor por Argentina se potenció cuando los constituyentes que redactaron la Constitución de 1853, reunidos en Santa Fe, llevaban cajas de alfajores Merengo a sus provincias, convirtiéndolo en un souvenir patrio.
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